Enfermedades Cerebrovasculares
Manejo cronico de la HTA despues del stroke
Manifestaciones cerebrales en la hipertensión.
Demencias seniles
Manifestaciones vasculares en el hipertenso anciano.
Tratamiento antihipertensivo en el anciano.
Prevención de la demencia senil en el paciente hipertenso.
Tratamiento antihipertensivo en la patología cerebrovascular.
En 1894, Binswanger describió un cuadro clínico caracterizado por una demencia progresiva que relacionaba, con una marcada atrofia de la sustancia blanca cerebral y agrandamiento de los ventrículos laterales. En 1902, Alzheimer atribuyó estos cambios de la sustancia blanca a una arteriosclerosis de los vasos perforantes; aunque no fue hasta 1962 cuando Olszewski propuso el término de encefalopatía arteriosclerótica subcortical o enfermedad de Binswanger. Con la aparición de las pruebas de neuroimagen en los años setenta se evidenció el hallazgo de lesiones en la sustancia blanca cerebral, acuñándose el término de leucoaraiosis por Hachinski en 1986, en cuya patogénesis interviene un mecanismo vascular estrechamente relacionado con la afectación de pequeños vasos cerebrales. La hipertensión arterial (HTA) es el factor de riesgo más frecuente en los casos de enfermedad de Binswanger comprobados anatomopatológicamente.

El estudio del envejecimiento sobre el sistema cardiovascular adquiere paulatinamente una importancia cada vez mayor dado que las personas mayores de 65 años representan un grupo poblacional creciente. Los cambios fisiológicos relacionados con la edad en el sistema cardiovascular, pueden ser irreversibles, creando una situación basal para otra enfermedad potencialmente tratable.
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Manifestaciones cerebrales en la hipertensión.

La mayoría de los autores refieren que los hipertensos de edad avanzada presentan un deterioro de la capacidad cognoscitiva que parece ser funcional y posiblemente reversible. Los hipertensos presentan más errores que los normotensos en los test de inteligencia con déficits neuropsicológicos al compararlos con diabéticos normotensos. En pacientes con HTA al normalizarse las cifras de presión arterial (PA) se consigue una mejora en la calidad de vida y se previene el deterioro mental. Por otra parte el descenso de la PA no se traduce en disfunción cerebral. En adultos de edad media y en ancianos, la HTA puede asociarse a una pérdida psicomotora y deterioro orgánico cerebral (1, 2).

Aplicando el test de inteligencia (WAIS, test de Barcelona y otros) en sujetos de 60 a 79 años se ha comprobado que la PA inicial no se relaciona con la inteligencia. De los datos obtenidos se deduce que unos sujetos desarrollan mecanismos adaptativos, otros no, a los cambios de PA traduciéndose estos últimos en déficit cognoscitivos. Todo parece indicar que la alta incidencia de enfermedades cardiovasculares en personas de edad avanzada es la base del deterioro neurológico y no una consecuencia de la edad.

Las funciones cognoscitivas están alteradas en pacientes con HTA, especialmente cuando el nivel de educación es bajo, la edad es elevada y la HTA más grave. Estudios longitudinales han demostrado que una PA alta a la edad de 70 años, se asocia con un riesgo aumentado de demencia (vascular ó Alzheimer) 10 a 15 años después, pero la PA desciende espontáneamente cuando la demencia acontece. Se piensa que la HTA y la enfermedad de Alzheimer pueden tener una etiología común. Se ha demostrado que el tratamiento de la HTA desciende la incidencia de ictus, pero son necesarios más estudios para poder afirmar si también desciende de forma significativa la incidencia de demencia.

El rendimiento cognitivo del anciano en la población constituye un continuum entre la normalidad cognitiva y la demencia intensa. Conlleva, incluso en ancianos considerados normales, un leve declive de la memoria, secundaria o de fijación sobre todo, de rapidez perceptivo-motora y en general, de las habilidades constructivas y viso-espaciales complejas propias de la inteligencia fluida. Estos descensos intelectivos fisiológicos son muy leves y sólo detectables con test psicométricos y en ancianos mayores de 75-80 años. La alteración cognitiva o cognitive impairment del anciano hace referencia a la intelectiva con apariencia clínica, aunque no conllevan incapacidad funcionalimportante. Cuando progresa el paciente sufre, no sólo pérdida de memoria o dificultad intelectiva, sino fracaso en las actividades funcionales instrumentales o complejas y se inicia la demencia leve que puede generar desadaptación social o laboral, que constituye la clave definitoria de la demencia, estableciéndose su duración en un período de seis meses. Las diversas definiciones existentes sobre el deterioro cognitivo leve que no alcanza la demencia, coinciden en que esta alteración sin demencia conlleva un trastorno clínicamente aparente de la memoria y de otras capacidades intelectivas o de la personalidad, y conservación de la capacidad funcional (3).

Demencias seniles.

La demencia constituye un síndrome clínico encefálico de instauración lenta y de perfil evolutivo variable caracterizado entre otras alteraciones, por pérdida de memoria, desorientación témporo-espacial, afasia, agnosia y preservación de la conciencia en las fases iniciales, que interfieren, de forma significativa, en las actividades sociales u ocupacionales del individuo. Los procesos patológicos que determinan estas lesiones pueden ser variados incluyendo los factores genéticos (familiar de primer grado afectado, tener Apo E4 en el cromosoma 19, mutaciones del gen que codifica la proteína precursora del amiloide en el cromosoma 21 (codón 717) y de otros dos genes de los cromosomas 1 (preselina 2), 12 (formas familiares de comienzo tardío) y 14 en el locus 14q24.3 que codifica la preselina 1...) (4, 5); la causa más frecuente es la arteriosclerosis y sus complicaciones embólicas o trombóticas; otras causas como la depresión están relacionadas con accidentes agudos embólicos o hemorrágicos o alteraciones vasculares, cardíacas o hematológicas.

La mayor longevidad de la población ha originado que en Europa el 10% de la población mayor de 65 años presente algún signo de demencia, cifra que se duplica en los mayores de 80 años (6). En España se sitúa en 79 años (73.4 para los hombres y 80.5 para las mujeres, aunque éstas padecen más enfermedades crónicas que los varones, entre ellas HTA), mientras que en 1900 era solo de 35. En 1991 el 14.1% de la población española tenía más de 65 años y se estima que para el 2010 aumentará hasta el 16.5% e incluso sobrepasará el 20% para el 2020. El incremento de la población anciana trae consigo el de la patología degenerativa, destacando las que determinan demencia. Este, es un proceso insidioso, que cursa con deterioro gradual e irreversible del individuo y acaba con la muerte en un plazo que oscila entre tres y diez años (7).

En general se admite que la prevalencia de la demencia moderada y/o grave es de 2-5% y la leve de 5-10% en mayores de 65 años. Resulta constante el hecho de que la prevalencia se dobla aproximadamente cada cinco años a partir de los 65. La variabilidad de la prevalencia de la demencia oscila entre el 4.8% en Japón y 36% en Gales. Para Bermejo en España (1991) la prevalencia es del 10.2 (8) distribuida en 1.5% para la grave, 2.7% moderada y 6% de tipo leve. La enfermedad de Alzheimer, que constituye el tercer problema sanitario más grave de los países desarrollados cifrado en el estudio EURODEM europeo con criterios del DSM-III entre el 50-80% de todas las demencias (9), y la de tipo multiinfarto o vascular son, a partir de los 65 años, las causas más frecuentes, patologías que en España tienen una incidencia de 85.5/100000 habitantes/año; en mayores de 85 años alcanza el 20%. Tabla 1.

Actualmente se conceptúa como una enfermedad crónica cerebral de larga génesis y de origen multicausal en la que intervienen varios factores, los genéticos mencionados y ambientales (11). Entre las causas de demencia, además de los procesos neurodegenerativos (enfermedad de Alzheimer, Pick, Parkinson...), de los cuerpos de Lewy y las potencialmente reversibles (fármacos, neoplasias, hidrocefalia, alteraciones tiroideas, déficit de vitamina B12, postmenopausia...), ocupan un lugar importante las de origen vascular (HTA, arterioesclerosis...).

Esta modalidad de demencia, arteriopática o multiinfarto, ocupa el segundo lugar en frecuencia (11%) y está originada por los efectos deletéreos sobre los vasos cerebrales de la hipertensión crónica acompañada o no de ateromatosis vascular o más recientemente (12) diabetes en mujeres de edad avanzada, quienes muestran una mayor velocidad de deterioro cognitivo, entre un 57 y un 114% más de riesgo; afectando a vasos grandes o pequeños, y de especial importancia la afectación de los pequeños, en el origen de la demencia vascular (13). Las lesiones de estos más características, por orden de frecuencia, son los infartos lacunares subcorticales (estado lacunar), la desmielinización isquémica de la sustancia blanca (producida por la lipohialinosis arterial posthipertensiva y la disminución de la perfusión sanguínea por el descenso de PA) y los microinfartos o microembolias corticales, lesiones cerebrovasculares silentes (3, 14).

El infarto lacunar es el subtipo que más se relaciona con la HTA (72-97% de los casos según las series). Estos cambios lipohialinóticos hipertensivos son la causa más frecuente de oclusión de pequeños vasos y posterior infarto. Así, la HTA es, a la vez, un factor de riesgo de la arterioesclerosis y etiológico de la lipohialinosis en los infartos lacunares, los cuales suelen manifestarse como un déficit neurológico focal que mejora de forma progresiva en pocas semanas o meses (15). Recientemente se ha demostrado la causalidad entre la depresión y las enfermedades cardiovasculares, estableciéndose que el índice de mortalidad entre estos pacientes era del 11.9% durante los tres meses, frente al 5.6% en un grupo de sujetos no depresivos que sirvió de control se ha demostrado que la depresión mayor constituye un factor de riesgo independiente para un mal pronóstico (16).
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Manifestaciones vasculares en el hipertenso anciano.

Con el envejecimiento, disminuye la distensibilidad de la aorta y aumentan tanto la PAS como la presión de pulso (17), aumenta la resistencia al flujo sanguíneo pulsátil y el flujo medio, participando en una vasodilatación periférica menor. La ateromatosis en las arterias cerebrales origina una disminución de la adaptabilidad de estos vasos musculares, con la consiguiente pérdida de la capacidad vasodilatadora frente a las necesidades de oxígeno, lo que determina una reducción de la reserva vascular cerebral (16).

La HTA es una de las enfermedades crónicas de mayor incidencia y su frecuencia aumenta con la edad, constituyendo el factor de riesgo cardiovascular (FRCV) más prevalente y con personalidad propia en el anciano con frecuencia asociada a tabaquismo, diabetes e hipercolesterolemia (18). Se estima que el 15-20% de los mayores presentan HTA como único FRCV. La importancia de la HTA radica en su potencialidad para provocar daño vascular. Constituye la primera causa de muerte y la segunda de deterioro funcional.

La forma esencial es la forma más frecuente de presentación y uno de los principales FRCV de cardiopatía isquémica y accidentes cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca (19). Según la National Stroke Association, la HTA multiplica por seis el riesgo de padecer un accidente cerebrovascular, estimando que el 50% de los infartos isquémicos y el 48% de las hemorragias cerebrales se producen en pacientes hipertensos (3). Los resultados del estudio Multiple Risk Factor Intervention Trial (MRFIT) sugieren que la elevación de la PA sistólica (PAS) es el principal predictor de daño cerebrovascular. Los últimos estudios epidemiológicos indican que aproximadamente el 30% de los hipertensos desconoce que lo es; sólo el 50% sigue el tratamiento y únicamente un 25% de los tratados mantiene sus cifras de PA dentro de los límites considerados normales. En el sexto informe del Joint National Committee (JNC-VI), figura como factor de riesgo principal la edad superior a 60 años (20). La reciente guía de la Organización Mundial de la Salud y la Sociedad Internacional de Hipertensión (OMS-SIH) (21) estratifica el riesgo de los pacientes hipertensos en función de numerosos FRCV, la edad, para mayores de 55 años para los hombres y de 65 para las mujeres. La población hipertensa geriátrica es un grupo de riesgo, ya que ésta va aumentando, de forma que para cualquier valor de PA, reducciones equivalentes tienen mayor beneficio en el anciano que en la edad media, de ahí los mejores resultados obtenidos con la terapéutica (22, 23).

Los pacientes que presentan una reducción nocturna de la PAS igual o superior al 20% de la diurna (denominados extreme dippers) muestran mayor lesión cerebrovascular silente, tanto lacunares como leucoaraiosis, que el resto de pacientes hipertensos (24). Por el contrario, los hipertensos sin descenso tensional nocturno (non dippers) también presentan una mayor incidencia de lesión vascular cerebral que aquellos con un descenso entre el 10-20% (dippers) confeccionando una relación entre la incidencia de lesiones cerebrovasculares silentes y el perfil circadiano. Una caída nocturna muy marcada de la PA puede provocar una disminución de la perfusión cerebral, favoreciendo la isquemia.
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Tratamiento antihipertensivo en el anciano.

La hipertensión sistólica aislada (HSA), definida por la OMS-SIH (21) con cifras de PAS ³ 140 y PAD < 90 mm Hg, se encuentra entre el 10-30%, representando el 57% de todos los casos de HTA, según el estudio Framingham (25). El anciano hipertenso duplica la mortalidad global y llega a triplicar la morbimortalidad cardiovascular con relación al normotenso (6). Esta forma representa el 8% de los sujetos entre los 60 y 80 años y hasta un 25% en mayores de 80 años (10). Un interesante trabajo (5) presenta dos modelos con pronóstico cardiovascular diferente en pacientes ancianos con HSA determinado con MAPA, en función que ésta la presente de forma sostenida o intermitente. Pacientes de 65 años con HSA seguidos durante un período de 24 a 44 meses, presentaban aterosclerosis, hipertrofia ventricular izquierda y signos electrocardiográficos de isquemia con una frecuencia superior entre quienes mantenían de forma sostenida las cifras sistólicas (26).

Se sabe que la HTA es el factor de riesgo más importante en la demencia vascular, especialmente la presión arterial sistólica que ha demostrado ser mejor predictor que la diastólica (27). En el Systolic Hypertension in the Elderly Program (SHEP) Study (28), con 4736 hipertensos mayores de 60 años, ha puesto de manifiesto una reducción significativa en la incidencia de ictus (37%), coronariopatía (25%) e infarto de miocardio (33%) en aquellos pacientes en tratamiento antihipertensivo con clortalidona y/o atenolol.

El tratamiento de 33 ancianos con HSA durante cinco años previene la aparición de un episodio de ictus o dos complicaciones cardiovasculares graves. En este mismo estudio se ha rechazado el supuesto efecto J (descenso de la mortalidad asociada a la distribución de la PA con aumento de la mortalidad en pacientes con cardiopatía isquémica cuando la PAD baja de 85 mmHg) para la población anciana, ya que no se evidenció un aumento del riesgo aún cuando la PA media descendió de 171/77 a 144/68 con el tratamiento y el 61% de los individuos tenían signos electrocardiográficos basales de cardiopatía isquémica. Respecto a este punto, el Hypertension Optimal Treatment Study (HOT) (29), con felodipino sobre más de 18000 pacientes, prácticamente ha confirmado los hallazgos del estudio SHEP y descarta este supuesto efecto J, no detectando diferencias significativas en el riesgo de enfermedad cardiovascular entre grupos con objetivos adyacentes de PAD (< 90, 85 y 80 mm Hg respectivamente). Los antagonistas del calcio son utilizados para mejorar la función cognitiva en la enfermedad de Alzheimer (30) y en demencias de tipo vascular (31).

El estudio STONE (Shangai Trial of Nifedipine in the Elderly) (32) es el primer estudio de intervención controlado con placebo evaluando los efectos de los nuevos antihipertensivos sobre la morbimortalidad cardiovascular en hipertensos. Sus resultados demuestran que nifedipino, utilizado correctamente (33), reduce el riesgo de accidentes cardiovasculares en hipertensos ancianos con mayor eficacia que utilizando diuréticos y betabloqueantes. Se incluyeron 1797 pacientes entre 60 a 79 años y un seguimiento de 30 meses. El riesgo relativo al considerar el conjunto de complicaciones cardiovasculares se redujo un 59% en el grupo tratado con el calcioantagonista, siendo significativa para la reducción del ictus y arritmias graves. Un estudio nacional con nifedipino OROS (oral release osmotic system) versus amlodipino, ha demostrado que el sistema terapéutico gastrointestinal (GITS), como también se conoce al primer calcioantagonista, mejora todos los parámetros de calidad de vida excepto en los síntomas de afectación de la esfera sexual, posiblemente debido a diferencias en el sistema de liberación, y el grupo tratado con amlodipino experimentó una mejoría significativa de la función cognitiva autovalorada, de la agudeza mental y del aislamiento/desorientación (34).

Por otro lado, en diabéticos mayores de 60 años con HSA, nitrendipino produce reducción de la mortalidad total en un 55%, por enfermedad cardiovascular en un 76%, episodios cardiovasculares combinados en un 69%, ictus fatales y no fatales en un 73% y todos los episodios cardíacos combinados en un 63% (35).

El European Working Party on High Blood Pressure in the Elderly (EWPHE) (36) en 840 hipertensos mayores de 60 años, constituyó el primer diseño para valorar si el tratamiento activo de los pacientes con HSA se asociaba a un descenso en las complicaciones cardiovasculares, el trabajo de Coope (37) en mayores de 60 años, el Swedish Trial in Old Patients with Hypertension (STOP-Hypertension) (38) con más de 1600 hipertensos entre 70 a 84 años con hidroclorotiazida y amiloride, betabloqueante (atenolol, metoprolol o pindolol) o placebo y el británico Medical Research Council (MRC-2) (39) en 4396 hipertensos entre 65 y 74 años utilizando hidroclorotiazida y amiloride, atenolol o placebo, demostraron un descenso significativo en la incidencia de complicaciones cardíacas y cerebrovasculares, en torno a un 40% y menor en cardiopatía isquémica.

El beneficio obtenido era evidente entre los 60 y 80 años: el tratamiento de solo catorce hipertensos ancianos durante cinco años permitiría prevenir un ictus o una muerte. El Hypertension Detection and Follow-up Program (HDFP) (40) realizado en Boston en 3657 mayores de 65 años durante diez años de seguimiento, demostró que la elevación de la PAS es un buen predictor de la mortalidad global y cardiovascular; por cada mmHg que aumenta la PAS la mortalidad se incrementa un 1%.

En el reciente estudio británico, CIBIS-II (Cardiac Insufficiency Bisoprolol Study) todos los pacientes que recibían terapia diurética o IECA presentaron menos muertes debidas a problemas cardiovasculares comparados al grupo placebo; sin embargo, el índice de ictus fue más elevado en el tratado con bisoprolol respecto al placebo (41). Son evidentes los beneficios del tratamiento antihipertensivo en mayores de 60 años sobre la aparición de infarto cerebral, enfermedad coronaria, cardiovascular, insuficiencia cardíaca y mortalidad general (18). La SIH defendía que los efectos favorables del tratamiento eran inherentes al descenso de la PA, que se podía conseguir con diversos fármacos (42). En este sentido, un metaanálisis realizado por Gueyffier (43), el INDIANA (Individual Data Analysis of Antihypertensive intervention trials), con más de 6700 pacientes, demostró una disminución en la recurrencia del accidente cerebrovascular en el grupo de pacientes con tratamiento activo frente al grupo controlel reciente estudio PHISA (44) ha determinado que sólo el 27% de los pacientes mayores de 64 años con HSA presenta valores de normotensión, con mayor prevalencia en el sexo femenino. El estudio CONTROLPRES-95 (45), en 7032 hipertensos de una edad media de 63 años, mostraba que solo el 13% tenían un control óptimo de la PA (<140/90 mmHg) y un 18% subóptimo (<160/90 mmHg), similar al de otros países europeos. Peor control presenta la PAS, con un 16% frente a un 40% para la PAD, disminuyendo el mismo con la edad, inversamente a la PAD. El estudio CONTROLPRES-98 (46) muestra un incremento del control estricto de la PA del 16.3% (PA < 140/90 mm Hg), llegando al 30.1% si se incluían como controlados los pacientes con cifras de PA £ 140/90 mm Hg, tratados la mayoría de los pacientes en régimen de monoterapia y a pesar del insuficiente grado de control, el médico español tiende a adoptar una actitud conservadora. La tasa de control ha mejorado en los últimos tres años al mismo ritmo que en el resto de los países europeos. En el Estudio Cooperativo Español de Hipertensión Arterial en el Anciano (ECEHA) (47), con criterios del JNC-V, donde se estudiaron 6658 pacientes con una edad media de 77.5 años, un 18.5% de los hipertensos geriátricos conocidos, se encontraban tratados y controlados, empeorando las cifras en el grupo de edad más avanzado. La tasa de prevalencia fue del 70.9%, con un claro predominio de la HSA.
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Prevención de la demencia senil en el paciente hipertenso.

En 1997, el estudio Rotterdam (42) mostraba que la aterosclerosis, se asocia al desarrollo no solo de la demencia vascular, sino también a la enfermedad de Alzheimer, donde la evaluación del Mini Mental State Examination (MMSE) aumentaba de forma significativa con el descenso de la PAS en el grupo tratado con una prevalencia de lesiones cerebrovasculares silente que forman parte del proceso involutivo como leucoaraiosis era del 27%, a diferencia del estudio ARIC con un 85% o del 87% en el Cardiovascular Health Study. La prevalencia de estas lesiones silentes radica en el aumento a un accidente cerebrovascular y deterioro de la función cognitiva.

El SHEP (28) no ha confirmado, sin embargo, la hipótesis de que el tratamiento con clortalidona protegería frente el deterioro cognitivo, reduciendo de este modo la incidencia de demencia transcurridos 4.5 años, solo con el descenso de las cifras de presión arterial, como señalaba el estudio de Hofman (42) y anteriormente Skoog (49).

En dos estudios multicéntricos (50) nimodipino frente a placebo, en las demencias vascular y degenerativa, mejoraba significativamente la puntuación del MMSE. El estudio ARIC (Atherosclerosis Risk in Communities) (51) realizado en 1920 individuos (49% hipertensos) de 55 a 72 años, la lesión de la sustancia blanca era del 85%, mientras que en el Cardiovascular Health Study (52) efectuado en 3301 pacientes mayores de 65 años (44% hipertensos) era del 87% y en todos los estudios se ha demostrado una asociación de las cifras de PA con la presencia y gravedadde las lesiones, independientemente que la presencia y que la leucoaraiosis aumente con la edad, formando parte del proceso involutivo. Recientemente, se ha observado que la prevalencia de leucoaraiosis en hipertensos asintomáticos, de edades comprendidas entre los 50 y 60 años, es aproximadamente de un 36% (3).

El Estudio Syst-Eur (53), analiza en un subgrupo la influencia de nitrendipino sobre la demencia vascular en HSA, en pacientes mayores de 60 años durante una media de dos años de seguimiento tratados con nitrendipino (10-40 mg/día) administrado de forma aleatoria, frente a placebo; concluye indicando que esta dihidropiridina de acción intermedia, con menor estimulación adrenérgica, previene la incidencia de demencia en un 50%, de 7.7 a 3.8 casos por cada 1000 pacientes y año y reduce la morbilidad cerebrovascular y cardíaca de manera significativa, confirmando los hallazgos del estudio SHEP (28), hecho que ha tenido suficiente impacto para poner fin al criterio restrictivo del JNC-V respecto a este grupo terapéutico. Incluso este potencial de prevención de la demencia se encuentra infraestimado, dada la baja tasa de incidencia (7.7/1000 pacientes/año) frente a otros estudios europeos como el Eurodem, donde está cifrada en 10 por cada 1000 pacientes y año (54).

Recientemente se han alzado voces en contra de esta metodología empleada por los autores del Estudio Syst-Eur ya que consideran que fue finalizado prematuramente, dudan del análisis estadístico y de las diferencias de casos de demencia entre el grupo placebo y el activo (13) que no han tardado en ser rápida y razonadamente contestadas (55). Los pacientes debían presentar para su inclusión cifras sistólicas entre 160 y 219 mmHg y diastólica inferior a 95 mmHg; y por supuesto, no padecer demencia. Se utilizó el MMSE que con una puntuación igual o inferior a 23 indica la presencia de demencia.

Y posteriormente, se realizaba una TAC o se aplicaba la escala de Hachinski para confirmar si era vascular o degenerativa. Al concluir el seguimiento, las diferencias de las TA del grupo tratado frente al placebo fueron de 8.3 mmHg para la PAS y 3.8 mmHg para la PAD. La puntuación media del MMSE era de 29 en ambos grupos, descendiendo en el grupo placebo cuando disminuían la PAS o PAD, mientras en el grupo con tratamiento la puntuación permanecía sin cambios o no eran significativos. Con respecto a las causas no cardiovasculares de muerte, no hubo diferencias significativas con el grupo placebo; destaca el hecho de que la incidencia de procesos cancerosos tampoco se vio afectada por el uso de nitrendipino (56), confirmado en otro trabajo reciente (57) y en neoplasias concretas como la de próstata de elevada incidencia y prevalencia como lo demuestra el hecho que constituye la segunda causa de muerte por cáncer en EE.UU. (58).

Dos hipótesis intentan dar explicación a estos resultados. Una viene dada por la neuroprotección específica que proporcionan los calcioantagonistas ya que el envejecimiento cerebral provoca la pérdida para regular el calcio intracelular que desemboca en la muerte neuronal. En la enfermedad de Alzheimer, la sustancia beta-amiloide aumenta la concentración libre intraneuronal de calcio, aumentando la sensibilidad a la acción de neurotoxinas, como sustancias proinflamatorias y prooxidantes. Por otro lado, se contempla la hipótesis de una posible acción sobre el SNC de nitrendipino debido a que el fármaco atraviesa la barrera hematoencefálica y disminuye el turnover de los neurotransmisores del tipo monoaminas, muchos de ellos disminuidos en las demencias degenerativas.
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Tratamiento antihipertensivo en la patología cerebrovascular.

El objetivo primordial debe ser la neuroprotección de los pacientes ancianos, entendiendo como tal, la intervención terapéutica dirigida a suprimir, disminuir o enlentecer el efecto perjudicial de un elemento patógeno, genético o ambiental, por tanto, conseguir un curso más benigno de la enfermedad. En definitiva, no sólo mejorar la calidad de vida y los síntomas, sino conseguir una evolución más benigna de la enfermedad. Todo ello indicaría, a su vez, que un tratamiento antihipertensivo eficaz podría prevenir la aparición de deterioro cognitivo y de demencia vascular. Si bien el tratamiento antihipertensivo es fundamental para la reducción del riesgo de presentar un episodio cerebrovascular, es preciso diseñar una estrategia terapéutica que permita una reducción lenta y gradual de la PA y que mantenga un flujo sanguíneo cerebral constante, evitando hipotensiones bruscas sobre todo en pacientes de edad avanzada y con patología aterosclerótica cerebral grave asociada, en los que una reducción de la PA, puede provocar una disminución del flujo sanguíneo cerebral.

Por tanto, se debe tratar de disminuir la arteriosclerosis para retrasar el proceso de formación de la placa de ateroma e incluso regresar las placas ya formadas, potenciando el crecimiento celular y el remodelado vascular. Dado que la presencia de otros factores de riesgo vascular incrementa el de arterioesclerosis, deberá tenerse en cuenta el efecto de los fármacos utilizados para el tratamiento de la HTA sobre el perfil lipídico, metabolismo de los hidratos de carbono o resistencia a la insulina.

Hachinski (14) ha indicado recientemente la marcada relación entre la enfermedad de Alzheimer y los FRCV, fundamentalmente HTA; dado que el único tratamiento de este tipo de demencia es sintomático o paliativo, el primer paso para retrasar la misma consistiría en la prevención y tratamiento de los FRCV entre tres y seis meses como indican los informes JNC-VI, ISH, BHS, OMS... En esta línea se ha diseñado el Proyecto EISBERG (59) como iniciativa educacional que pretende tener implicaciones futuras en la investigación y tratamiento farmacológico, asegurando que el riesgo de enfermedad cardiovascular y muerte puede reducirse sensiblemente con el adecuado control del componente sistólico tensional.

El objetivo terapéutico en este grupo de edad, debe ser el mismo que para los jóvenes (20), si es posible, inferior a 140/90 mmHg, aunque un objetivo intermedio de PAS inferior a 160 mmHg puede constituir una necesidad en pacientes con HSA elevada. El tratamiento antihipertensivo en personas ancianas, y en la población en general, debe comenzarse con modificaciones en los hábitos higiénico-dietéticos.

Varios estudios demostraron que los mayores responden favorablemente a una disminución en la ingesta de sal y la reducción de peso; más aún, si disminuye la ingesta de alcohol y aumenta la actividad física y la ingesta de potasio y calcio (60). El tratamiento farmacológico se prescribe cuando el anterior no consigue reducir las cifras tensionales. Tanto el JNC-VI (20) como la OMS-SIH (21) recomiendan iniciarlo con la mitad de la utilizada en los jóvenes, y sugiere sea con diuréticos tiacídicos o betabloqueantes combinados con éstos, fundamentalmente por la reducción demostrada tanto en la mortalidad como morbilidad en sujetos ancianos, mostrándose los primeros (hidroclorotiazida con amiloride) incluso superiores a atenolol (28).

Nitrendipino demostró una reducción del 42% en el infarto cerebral fatal y no fatal durante un intervalo promedio de dos años (53), disminuyendo de forma significativa la mortalidad de todas las enfermedades cardiovasculares y describiendo una tendencia favorable, aunque no significativa de las complicaciones coronarias e insuficiencia coronaria. Otros calcioantagonistas como nimodipino no han mostrado suficientes evidencias para reducir la incidencia de demencia (61). Los bloqueantes adrenérgicos periféricos, alfa-bloqueantes y diuréticos han de utilizarse con precaución en los pacientes ancianos. Los diuréticos e IECA pueden ver disminuido su efecto antihipertensivo por el ácido acetilsalicílico, un antiagregante plaquetario utilizado en la prevención secundaria del accidente cerebrovascular. En la tabla 2 se resumen los principales estudios de intervención que se desarrollan actualmente.
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Tabla 2. Estudios actualmente en desarrollo.

 
Estudio Núm. Pacientes Fármacos empleados
Second Swedish Trial on Old Patients with Hypertension (STOP II-Hypertension) 6800 CA versus BB y DR
Study of Cognition and Prognosis in Elderly Patients with Hypertension(SCOPE) 400 ARA-II vs DR
CONVINCE (63)    DR/BB vs Verapamilo-COER
Systolic Hypertension in the Elderly (SHELL) 4800 CA vs DR
Hypertension in the Very Elderly Trial (HYVET) (64) 2100 IECA vs DR retard
The Perindopril protection against recurrent stroke study PROGRESS (65) 6000 IECA vs placebo
Syst-China, Syst-Eur (66)      


. CA: calcioantagonistas. BB: betabloqueantes. DR: diuréticos.

Conclusiones.

La lesión cerebrovascular secundaria a HTA contribuye al deterioro cognitivo a largo plazo, lo cual supone una reducción de la calidad de vida de los pacientes, así como un factor predictor de demencia y mayor mortalidad. Las acciones dirigidas a prevenir dicho deterioro deben instaurarse precozmente, antes del desarrollo de una demencia establecida.

La epidemiología como los estudios recientes han reforzado la importancia de la PAS como FRCV así como los beneficios terapéuticos intervencionistas sobre la HSA en los ancianos. Diuréticos, betabloqueantes, IECA y calcioantagonistas (nitrendipino), como señala el estudio Syst-Eur (62), ofrecen beneficios en la prevención primaria de complicaciones cardíacas y cerebrovasculares, así como sobre la calidad de vida de estos pacientes.

Gracias al mejor control de los FRCV, a la aparición de nuevos fármacos antihipertensivos y especialmente al mejor seguimiento del tratamiento por parte de los pacientes hipertensos, el riesgo de las complicaciones cerebrovascular atribuibles a la HTA se ha reducido en un 40%, y el índice de mortalidad por accidente cerebrovasculares en casi un 60%. Posiblemente, las nuevas moléculas que están en fase de desarrollo, especialmente omapatrilato y eplerenona, vengan a abrir una nueva puerta de esperanza en la neuroprotección para los hipertensos ancianos.
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Bibliografía.

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 Dr.Rafael Ceballos Atienza
Unidad de Hipertensión y Lípidos.
Servicio de Medicina Interna A. Hospital Clínico San Cecilio. Granada.