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Incremento matutino de la presión arterial y daño orgánico
 
Introducción
Actualmente está bien establecido que existe una variación circadiana en la incidencia de diversos eventos cardiovasculares fatales y no fatales, pudiéndose observar que éstos dibujan un pico matutino (1) (ver capítulo 4). Así, y de manera muy resumida, es hasta tres veces más probable que un infarto de miocardio se produzca durante la mañana que no durante la tarde, los accidentes vasculares cerebrales (tanto definitivos como transitorios) presentan un marcado incremento ente las 06:00 y 12:00 horas del mediodía, y mediante monitorización continua electrocardiográfica (utilizando registro con Holter, lo que permite, gracias a su obvia objetividad, eliminar el sesgo de observación o detección) puede constatarse un incremento matutino tanto de episodios isquémicos silentes como de arritmias. Múltiples factores pueden explicar este patrón circadiano en la morbimortalidad cardiovascular, entre los que destacan (ver capítulo 2) la existencia durante estas horas críticas de un incremento de presión arterial (PA), una elevación de la frecuencia cardíaca, y un aumento tanto de las resistencias vasculares periféricas como de la viscosidad sanguínea, con una consecuente disminución del flujo coronario. A todos estos fenómenos hemodinámicos se añaden múltiples alteraciones en procesos fisiológicos: se detecta durante este período horario una menor actividad fibrinolítica, y por el contrario existe un marcado incremento en los niveles plasmáticos de adrenalina y noradrenalina, de la actividad de renina plasmática, y de la tasa de cortisol, junto a un aumento de la agregabilidad plaquetaria (2).

Lógicamente, si se asume que los eventos cardiovasculares arriba mencionados (última consecuencia de un daño orgánico previo) están correlacionados con los marcadores biológicos y/o hemodinámicos antes citados (entre los que, recordemos, estaban las cifras de PA), sería fácil suponer que debería existir una correlación entre mayor incremento matutino de la PA y este daño visceral. Desafortunadamente, las evidencias existentes son escasas y fragmentarias, y en general son indirectas dado que en general no se ha analizado prospectivamente el impacto específico que tienen los nieveles de PA durante este fragmento horario sobre el daño visceral. Nos tendremos que conformar en la mayoría de las ocasiones con evidencias indirectas que analizaremos sucintamente a continuación.


Incremento matutino de la presión arterial e hipertrofia ventricular izquierda (HVI)
Existe una clara correlación entre algunos de los parámetros biológicos y hemodinámicos antes citados que presentan un incremento matutino y el grado de masa ventricular izquierda. Así, por ejemplo, Devereux (3) encuentra que existe una intensa correlación (r = 0.80) entre masa ventricular izquierda y viscosidad plasmática, observación corroborada por otro grupo de investigadores (4), hasta el punto de constatar que los pacientes con normalidad en su viscosidad sanguínea tenían una masa vetricular izquierda normal a pesar de tener una PA elevada. También ha podido comprobarse que las catecolaminas estimulan el crecimiento de los miocitos cardíacos en cultivo (5) y que su infusión provoca en modelos animales la producción de hipertrofia ventricular izquierda (6), y que un aumento de actividad adrenérgica facilita la presencia de arritmias (7). En cuanto al sistema renina-angiotensina- aldosterona, se ha podido comprobar la existencia de una correlación directa entre niveles de angiotensina II y la masa ventricular izquierda en sujetos hipertensos esenciales (8). En lo que respecta al incremento matutino de las cifras de PA, volvemos a insistir en que los datos disponibles suelen ser indirectos. Hoy en día sabemos que existe una buena correlación entre cifras de PA (sobre todo la PA sistólica) y grado de crecimiento ventricular izquierdo, correlación que mejora apreciablemente cuando en vez de considerar los valores casuales de PA tenenos en cuenta los datos obtenidos mediante monitorización ambulatoria de la PA (MAPA) (9). Estos datos son signos indirectos que refuerzan la hipótesis de la importancia de la relación entre incremento matutino de la PA y riesgo, pero que no la confirman. A una buena correlación entre PA obtenida por MAPA e índice de masa ventricular izquierda (IMVI) se añade la constatación de que la regresión de esta hipertrofia es superior cuando se consigue un adecuado control de la PA durante 24 horas. Así, en el estudio SAMPLE (10), tras un año de seguimiento, la reducción en el índice de masa ventricular izquierda se correlacionaba con la disminución en los valores de PA de 24 horas pero no con las cifras de PA casual. Además, la reducción citada también se correlacionaba con un control equilibrado de la PA durante todo el período de 24 horas. A conclusiones similares llega Fagard (11) en un estudio de seis meses de seguimiento en el que, aunque la reducción de cifras de PA en la consulta también se correlacionaba con la regresión de la hipertrofia ventricular izquierda, esta correlación era más potente cuando se consideraban las cifras obtenidas por MAPA. En este caso también la correlación era mayor cuando se tenían en cuenta las cifras obtenidas durante períodos de actividad (¿algo que ver con el incremento matutino de la PA?). Otros datos indirectos, algo menos potentes que los anteriores, proceden de lo que nos aportan las diferencias día-noche (valoradas a través de la utilización de la MAPA) en la predicción del daño orgánico. En aquellos pacientes que conocemos como “no dippers” (es decir, que no presentan una caída fisiológica de la PA durante la noche, lo que suele interpretarse como una caída de al menos un 10% de las cifras de PA observadas durante el período diurno) presentan no sólo un mayor índice de masa ventricular izquierda (12) sino que también sufren (de manera significativa al menos en mujeres) una mayor morbimortalidad cardiovascular después de más de tres años de seguimiento (estudio PIUMA) (13). Esta falta de caída de la PA durante la noche sería en cierta manera equiparable (pero en distintos momentos) al incremento de carga tensional que se observaría con el incremento matutino de la PA. Como también podría ser indirectamente equiparable el incremento de daño orgánico que se observa en aquellos hipertensos que, a mismos niveles promedios de PA, tienen una mayor variabilidad de PA (14), o la correlación existente entre el grado de disfunción ventricular y la frecuencia de picos de PA durante el período de 24 horas (15) (recordemos que es en las primeras horas donde más se produce la incidencia de estos incrementos tensionales).

Otra evidencia indirecta podría proceder de observar el impacto que la terapéutica (antihipertensiva o de otro tipo) podría tener sobre la acumulación de eventos coronarios en esta crítica franja horaria. Así, si decíamos que en este período se incrementa la agregabilidad plaquetaria que se supondría ligado al incremento de riesgo. Pues bien: el tratamiento con antiagregantes plaquetarios (aspirina 325 mg) demostró, en un estudio randomizado (16), poseer la capacidad de prevenir primariamente la enfermedad coronaria, observándose una reducción en la incidencia de estos eventos de un 44%, disminución que era especialmente acusada en las primeras horas de la mañana, amortiguando la típica curva circadiana descrita más arriba. También con betabloqueantes se observa una reducción del incremento matutino de eventos cardiovasculares (especialmente coronarios) posiblemente relacionado con el efecto de estos fármacos sobre la PA y contractilidad cardíaca, efecto especialmente visible a primeras horas de la mañana (17).

Insistimos que, de todas maneras, son escasas las evidencias directas que relacionan aquel citado incremento por la mañana con riesgo más elevado de daño cardíaco. Excepciones son por un lado la interesante publicación de un grupo francés: estudiaron un total de 181 pacientes de los que se disponían datos de ecocardiografía y de MAPA con la peculiaridad de obtener en todos ellos una PA justo al levantarse por la mañana utilizando el mecanismo de medida autopulsada del aparato de registro. Pudieron constatar la existencia de una mejor correlación entre PAS al despertarse y masa ventricular izquierda (r=0.40, p<0.001) que no con la PA casual en el consultorio (r=0.18, p<0.05) (Figura 1). En un análisis multivariante, sólo este incremento matutino de PA y la media de PAS de 24 horas se correlacionaban significativamente e independientemente con el índice de masa ventricular izquierda y el grosor de pared (18). De hecho, los pacientes con un incremento matutino de la PA superior al calculado tenían una masa ventricular izquierda significativamente mayor que los pacientes con incremento matutino menor del previsto, aún a pesar de tener unas medias de PA por MAPA similares. Otra evidencia de muy reciente aportación es la comunicación presentada en el 9º Congreso Europeo de Hipertensión (Milán, Junio de 1999) por parte del grupo (también francés) de Maillon (19) en la que describen la presencia de una correlación positiva no sólo entre incremento matutino de la PA sistólica e índice de masa ventricular izquierda sinó también con la velocidad de la onda del pulso, reflejo indirecto de la lesión arterioesclerótica de la pared vascular, observación que refuerza aún más la teoría de la relación entre este incremento matutino y daño vascular, y consecuentemente, entre esta elevación y la última expresión del daño arterial como es la aparición de un evento cardiovascular.

Figura 1.Correlación entre masa ventricular izquierda (indexada por altura) (MVI/h) y PA sistólica al levantarse (Incremento de PA). Tomado de P Gosse et al. (18).



Incremento matutino de la presión arterial y daño cerebral
De forma similar a lo que ocurre en el riesgo cardiovascular global, las medias de PA obtenidas mediante MAPA son mejores predictores del riesgo cerebrovascular que las medidas aisladas (casuales) de la PA (20). Cabe preguntarse si, además de esta mayor precisión pronóstica que nos aportan los promedios globales obtenidos por esta tecnología, otros perfiles circadianos (como el incremento matutino de la PA) nos puede aportar una información más precisa sobre el riesgo cerebrovascular. Diversos estudios, además de los citados antes, avalan la existencia de un perfil horario en el riesgo cerebrovascular, posiblemente dependiente (al menos en parte) de la elevación matutina de PA. Así, Marler et al. (21) describen un incremento en la incidencia de accidentes vasculares cerebrales entre las 08:00 horas de la mañana y el mediodía, relación horaria que aún aparecía como más intensa cuando se ajustaba por la hora de levantarse y no simplemente por la hora del día. Otros autores describen unos datos similares en relación tanto a infartos cerebrales isquémicos como hemorrágicos (22). Es lógico pensar que este ritmo horario en el riesgo cerebrovascular puede tener relación directa con la elevación matutina de la PA descrita antes. Hay datos puntuales que abonan esta hipótesis. Así, Schillaci et al. describen el caso de un paciente hipertenso que, durante su segundo día de ingreso para estudio de dos episodios de accidente vascular transitorio en la semana precedente, sufrió un nuevo cuadro isquémico cerebral que se inició a las 06:50 horas mientras era monitorizado con un aparato de MAPA: y se pudo constatar un marcado incremento de su PA en el momento del episodio (ver Figura 2) (23). Desafortunadamente, aparte de este hallazgo casual, no hay estudios prospectivos que analicen específicamente esta franja horaria y su relación con el riesgo cerebrovascular. Hay estudios que analizan la prevalencia de eventos cerebrovasculares en relación con el ritmo circadiano de PA. Uno de los autores que más ha trabajado en este campo es Imai. Este autor japonés y su grupo observan en un estudio prospectivo que la morbimortalidad cerebrovascular presentaba en la población que estudiaron una variación circadiana coincidente con la variación horaria de PA (24). Kukla et al. (25), esta vez en un estudio transversal, analizaron el patrón circadiano de PA en dos grupos de pacientes: uno con presencia de infartos lacunares y otro sin ellos. Al practicarles una MAPA pudieron constatar que aquellos pacientes con lesiones lacunares presentaban un promedio de PA diurna más elevado; además, tenían una variabilidad mayor de su PA sistólica, y un patrón “no dipper” de su PA nocturna. En una regresión logística, los parámeros que mantenían su significación eran, entre otros, el promedio de PA sistólica diurna (sin que se especificaran franjas horarias) y la reducción de la variación sistólica circadiana nocturna.

Figura 2.PA sistólica y diastólica de 24 horas (trazo grueso) y frecuencia cardíaca (trazo delgado) en un paciente de 60 años que sufrió un accidente vascular isquémico durante su registro de PA de 24 horas. Obsérvese la coincidencia entre elevación marcada de PA durante la mañana y aparición del evento cerebrovascular. Tomado de G Schillaci et al. (23).


Esta asociación entre categoría “no dipper” y riesgo cerebrovascular ya fue descrita hace años. Así, O´Brien et al. en su breve carta de 1988 publicada en el Lancet (26) destacaban que, a través de datos recogidos de 123 pacientes a los que consecutivamente se les aplicó una MAPA, la prevalencia de accidentes vasculares cerebrales (AVC) fue significativamente superior en aquellos sujetos que los autores clasificaban como “no dippers”, es decir, aquellos hipertensos que no presentaban una reducción fisiológica de la PA durante la noche (interpretada como una caída de al menos 10 mmHg de presión arterial sistólica -PAS- y de 5 mmHg de presión arterial diastólica -PAD- en comparación con las medias diurnas de presión arterial -PA-). La prevalencia observada era de hasta 7 veces superior en este grupo en el que otras múltiples variables posiblemente influyentes (edad, sexo, peso, media de PA diurna, tratamiento) no se diferenciaban del grupo “dipper”. Coincidentemente, Hayashi et al. observaron una ausencia de la caída fisiológica de la PA nocturna en hipertensos seniles con enfermedad cerebrovascular (27), mientras que Lip et al. (28) describieron lo mismo en 86 pacientes que sufrieron un accidente vascular cerebral agudo (trombótico o hemorrágico) y a los que se les colocó un registro ambulatorio de PA de 24 horas en el inmediato período subsiguiente: estos autores pudieron constatar al mismo tiempo que el promedio diurno de PAD era significativamente superior a la media de PAD observada durante la noche. Otros autores japoneses (Shimada et al) (29) vuelven a detectar un mayor grado de lesión cerebral (medido a través de la detección de lagunas y de hiperdensidad periventricular avanzada utilizando resonancia magnética) en aquellos pacientes hipertensos asintomáticos (conviene enfatizar este punto) “no dippers” en comparación tanto al mismo tipo de pacientes hipertensos pero en este caso “dippers” o en comparación con sujetos normotensos, no existiendo diferencias significativas entre estos dos últimos grupos. Además, no sorprende que la prevalencia de hipertrofia ventricular izquierda fuera significativamente superior en el grupo de hipertensos “no dippers” que en los otros dos grupos citados. Como decíamos en el apartado referido al daño cardíaco, este mayor riesgo de los “no dippers” (pacientes con falta de caída de la PA durante la noche) podría ser en cierta manera equiparable (pero en distintos momentos) al aumento de carga tensional que se observaría con el incremento matutino de la PA.

Además de esta sugerencia de mayor PA nocturna en los pacientes con mayor riesgo cerebrovascular, otras evidencias apuntan a una “inestabilidad de la PA” como causante de mayor riesgo. Así, McQuinn et al. (30) observan, en un estudio retrospectivo (con todas las limitaciones que ello conlleva) que, en 1.643 scanners cerebrales realizados durante un año, 10 de 11 pacientes en los que se detectaba una hipodensidad difusa de la sustancia blanca (lo que podríamos describir como leucoaraiosis) tenían lo que los autores definen como inestabilidad de la PA: presencia de hipertensión, amplia (incluso extrema), fluctuación de la PA sistólica (¿incremento matutino de la PA?), en sujetos por otro lado normotensos, existencia de hipotensión ortostática, o una combinación de estos factores. Estos autores observaban que aparecía una buena correlación entre esta inestabilidad tensional y los cambios radiológicos observados en la sustancia blanca. A conclusiones similares llega Sander et al. (31) al describir que la variabilidad de la PA sistólica diurna (¿podemos especular nuevamente que podría estar en relación a un incremento matutino de la PA?) era el mejor predictor de la ateroesclerosis carotídea precoz medida a través del cálculo del grosor de la pared íntima-media (IM) carotídea, aún ajustando por diversas variables potencialmente confundidoras (tales como edad, sexo, tabaco, diabetes, colesterol y triglicéridos), y descartando el efecto de medicación hipotensora que no fue utilizada durante el período de registro de PA de 24 horas. Incluso la relación significativa encontrada entre nivel de PA y grosor de pared perdía su significación cuando se ajustaba por la variabilidad diurna de PA. De hecho, también en pacientes normotensos se comprobó la existencia de esta relación positiva. Un análisis multivariante efectuado revelaba que era dicha variabilidad diurna de PA el más potente predictor del grosor de pared íntima-media (el cual, conviene recordar, está significativamente relacionado con todo tipo de patología cardiovascular). Además, el máximo incremento del grosor íntima-media se daba en aquellos pacientes hipertensos con un incremento de la variabilidad diurna de la PA y que, al mismo tiempo, presentaban un incremento adicional de la PA nocturna (lo que antes hemos descrito como fenómeno “no dipper”). Como resumen de lo que precede: hasta un 38% de la variación del grosor íntima-media venía explicado por la citada variabilidad diurna de la PA en pacientes hipertensos, mientras que en pacientes normotensos esta cifra se situaba en un 36%. Basados en estos datos los autores creen que el incremento por encima de 15 mmHg de la variabilidad de la PA sistólica diurna representa el factor de riesgo más potente conocido para padecer ateroesclerosis precoz. Tohgi et al. (32), en un estudio previo al más arriba citado, llegan a conclusiones similares, observando una relación entre diversos niveles de daño cerebral (demencia tipo Binswanger, demencia vascular, y presencia de lagunas aisladas) e incremento tanto de la variabilidad de PA (en este caso durante todo el período de 24 horas) como de la media de PA nocturna, tanto en pacientes tratados como no tratados. Las diferencias más significativas se observaron en los grupos con demencia tipo Binswanager y en menor grado en la demencia de tipo lacunar.

Otros autores, también en este caso japoneses (Watanabe et al.) (20) publicaron hace un par de años que una PA nocturna inapropiadamente baja o una excesiva caída de la PA nocturna se asocia con lesiones isquémicas cerebrovasculars silentes (medidas mediante resonancia magnética), al menos en mujeres seniles. Describen por tanto un fenómeno totalmente opuesto y en aparente contradicción al hasta ahora referido: un incremento del daño cerebral en relación con excesivas caídas de PA durante la noche. Existen otras observaciones plenamente coincidentes de otros autores tales como Kario et al. (33), quienes además destacan que esta curva en “J” no era en cambio aparente en relación a la existencia de hipertrofia ventricular izquierda o de excreción urinaria de albúmina. Kohara et al. (34) también observan que, mientras que la media de PA sistólica nocturna se relacionaba significativamente con la presencia de infartos cerebrales tanto en jóvenes como en ancianos, la PAD nocturna sólo se correlacionaba con este daño en jóvenes, mientras que por el contrario en los ancianos la relación era inversa, siendo que la PAD nocturna y el daño cerebral dibujaba en ellos una curva en jota, indicando que en sujetos ancianos (que no en hipertensos más jóvenes), presiones nocturnas extremadamente bajas pueden precipitar lesiones cerebrales silentes. Estas observaciones pueden pues en parte explicar algunas de las aparentes paradojas: mientras que parece ser claro que los pacientes que no reducen fisiológicamente la PA durante la noche están en mayor riesgo, ello no es incompatible con una mayor incidencia de lesiones (silentes o no) en un subgrupo de pacientes (probablemente los de mayor edad) con caídas excesivas de PA durante la noche, siendo múltiples las posibles relaciones patogenéticas entre esta variabilidad de PA y daño cerebral (35).

Un nuevo aspecto en la revisión de las relaciones entre parámetros circadianos de PA y riesgo cerebral es analizar hasta qué punto existen diferencias en el comportamiento circadiano según el tipo de accidente vascular cerebral causal. Sander y Klingelhöfer (36) efectúan una interesante revisión al respecto, observando, en comparación a controles normotensos e hipertensos sanos, que tras un infarto hemodinámico (es decir, de bajo flujo, tal como se ve en enfermedades oclusivas extracraneales severas) es posible observar unas marcadas (y significativas) diferencias día-noche en la PA sistólica y diastólica, siendo evidente una marcada caída de la PA nocturna, mientras que en infartos tromboembólicos ocurría todo lo contrario: existía una abolición del ritmo circadiano, ritmo que sólo estaba preservado en un 11,4 %, estando invertido en un 40% de los pacientes (¿otra vez podría estar implicada la citada elevación matutina de la PA?). Además, aquellos pacientes con lesión del córtex insular (región involucrada en el control autonómico) presentaban un incremento nocturno de PA (66,7%) con una frecuencia significativamente superior a aquellos que no presentaban una lesión en esta área anatómica (11,8%). Estas peculiaridades pueden hacernos entender las aparentes paradojas en el comportamiento circadiano de la PA según diferentes estudios, diferencias que quizás tengan su razón de ser en la diferente etiología de la lesión isquémica cerebral.


Incremento matutino de la presión arterial y daño renal
Aunque la relación entre cifras de PA y daño renal es conocida desde hace años, los estudios que analizan la relación entre ambas variables son relativamente escasos sobre todo si lo comparamos con los que investigan la relación entre PA y repercusión cardíaca o cerebral. Uno de los estudios más definitivos en establecer una relación causal entre nivel de PA y grado de afectación renal es el estudio MRFIT que analizó prospectivamente una población de más de 300.000 sujetos en EE.UU. (37). De este estudio se pudo concluir que existía una relación potente y progresiva entre cifras de PA (sistólica y diastólica) y riesgo de padecer insuficiencia renal crónica, relación que era independiente de la influencia de múltiples posibles variables de confusión (como la edad, presencia de otros factores de riesgo o de otra repercusión visceral). Esta relación entre cifras de PA y daño renal no es sorprendente dado que el aumento de la presión hidrostática se transmite al glomérulo desencadenando una serie de reacciones en cadena entre las que podemos contar la alteración de la función endotelial y un incremento de endotelina que activan las células mesangiales, incrementan la síntesis de matriz mesangial, y estimulan diversos oncogenes que conducen a la esclerosis glomerular. Por ello, todo incremento mantenido o cíclico de la PA puede conducir a este daño, en el que cabe contar también al incremento matutino de la PA. Pero si son relativamente escasos los datos que analizan el daño renal en relación con los niveles de PA, aún menos información tenemos sobre la relación entre el patrón circadiano y tal repercusión orgánica. Que existe un patrón circadiano en relación con la presencia de daño renal está hoy en día bien establecido. Así, Timio et al. (38) observaron que, en 48 pacientes con insuficiencia renal crónica seguidos durante un promedio de tres años, aquellos con patrón “no dipper” la pendiente de descenso del filtrado glomerular fue muy superior al que presentaron los pacientes “dipper”. También observaron una relación significativa entre esta falta de caída fisiológica de la PA nocturna y desarrollo de proteinuria. De hecho, la excreción urinaria de albúmina (sobre todo cuantificada como microalbuminuria, es decir, la excreción de cantidades de albúmina entre 30 y 300 mg/día) es muy útil como marcador a la hora de estudiar la repercusión renal de la hipertensión. Hoy en día sabemos que este parámetro no sólo nos indica el grado de lesión renal sino que nos informa sobre la futura progresión a grados más avanzados de daño renal y sobre la presencia de otras repercusiones viscerales o la aparición de eventos cardiovasculares (39). Por tanto es extraordinariamente útil a la hora de evaluar la repercusión renal de la HTA. Redón y cols. (40) han podido observar en 157 hipertensos no tratados que existe no sólo una relación más potente entre microalbuminuria y PA (medida por MAPA) que entre esta variable y el nivel de PA casual, sino que además, a mismo nivel de PA diastólica casual, cuanto menor era la diferencia de PA diastólica entre el día y la noche (es decir, a menos descenso de PA diastólica nocturna) mayor era la excreción urinaria de albúmina. Portaluppi et al. (41) observan también una falta de la caída fisiológica nocturna de PA en pacientes en este caso afectos ya de insuficiencia renal en comparación con pacientes con la PA similar pero sin afectación renal, mientras que Rodríguez et al. (42) encuentran una microalbuminuria más elevada en aquellos hipertensos en tratamiento con menor caída nocturna de la PA. Sin embargo, no existen datos que analicen el objetivo de esta revisión, como es conocer qué impacto tiene la elevación matutina de la PA sobre el riesgo renal. Sólo podemos afirmar, a través de las escasas evidencias apuntadas, que el ritmo circadiano puede influir sobre la existencia y progresión del daño renal, pero desconocemos (aunque parece lógico que así sea) si el conocido incremento matutino de la PA tiene algo que ver con la progresión o presencia de afectación renal.


Conclusiones
Como hemos repetido a lo largo de la exposición, nadie duda de que existe un mayor riesgo de eventos cardiovasculares durante las primeras horas de la mañana, coincidiendo con el inicio de la actividad, y que existen a estas horas una serie de cambios hemodinámicos y biológicos (entre los que destacan una elevación de la PA tanto sistólica como diastólica) que podrían explicar este mayor riesgo. En cambio pocos datos hay que analicen la influencia específica e independiente de la elevación matutina de la PA sobre el daño vascular cardíaco, cerebral y renal. Existen algunos datos preliminares sobre el impacto de esta elevación matutina sobre el grado de hipertrofia ventricular izquierda (como también del daño vascular directo) que sostienen esta relación, y existen signos indirectos muy sugestivos de que esta elevación matutina tiene también una influencia marcada sobre la presencia de daño cerebrovascular tanto sintomática como asintomática (detectable por técnicas neuroradiológicas). No hay en cambio evidencias que asocien esta variabilidad matutina con daño renal, aunque sí es detectable (como también en el resto de órganos estudiados) el influjo sobre mayor daño y peor evolución de una cierta variabilidad circadiana como es la falta de caída fisiológica nocturna de la PA, pudiéndose sospechar que lo que sucede con los otros dos órganos previamente analizados (impacto negativo del incremento matutino de la PA) probablemente también sucede aquí. Aunque las implicaciones terapéuticas de estas conclusiones se hacen en otra parte (ver capítulo 6) hay suficiente consenso para poder afirmar que el control tensional en estas horas críticas parece aconsejable, por lo que aquellos fármacos que tengan cobertura real de 24 horas serán siempre preferibles a la hora de proteger al máximo al paciente hipertenso. A esta conclusión llega, por ejemplo, el estudio de Yosef y col. (43) quienes en un análisis retrospectivo de 109 pacientes hipertensos ingresados a causa de un accidente vascular isquémico durante el período de un año, pudieron comprobar que aquellos sujetos con HTA no tratada o aquellos otros tratados con calcioantagonistas de acción corta habían padecido con mayor frecuencia su episodio isquémico a primeras horas de la mañana (respectivamente: 40,8% y 44,4%) que
aquellos otros tratados con un calcioantagonista de acción prolongada (20%). Además, este último grupo presentaba una menor severidad en sus manifestaciones clínicas. Aunque es evidente que se requiere confirmar estas observaciones con otros estudios preferentemente prospectivos, no deja de ser un indicio que apunta en la dirección de la tesis que estamos defendiendo, es decir, la necesidad de cubrir adecuadamente las horas críticas matutinas con el uso de fármacos de acción prolongada para prevenir más eficazmente la aparición de eventos cardiovasculares.

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